miércoles, 7 de marzo de 2012

EL PERDÓN

Hoy me gustaría explorar el tema del perdón. El perdón regularmente lo asociamos con el olvido y la disculpa, es decir, lo asociamos con el acto de bondad que ofrecemos a los demás cuando nos ofenden, pero el perdón va mucho más allá de esa concepción judeo-cristiana. Para mí, el perdón tiene más que ver con nuestro camino hacia el amor, tanto el amor a uno mismo como del amor a los demás, porque el amor no puede darse hasta en tanto abracemos lo que somos, y lo que son los otros, con todo nuestro ser. Ese abrazo incondicional significa total aceptación, que sólo puede darse cuando hemos aprendido a entender y vivir con nuestros defectos y errores. El perdón es entonces, el acto de entender que los seres humanos somos seres en continua evolución y por ello vamos experimentando y equivocándonos a cada paso, es entender también, que nuestro desarrollo no es uniforme, es decir que cada uno evoluciona a ritmos y en aspectos distintos, y una tercera cuestión a considerar en el perdón es que todos necesitamos de la interacción con otros para nutrirnos y crecer. Partiendo de estas tres premisas es como los seres humanos interactuamos con los demás, llevando y aportando a la relación lo que conocemos, según nuestro grado de desarrollo y sin considerar el grado de evolución de los demás, asumiendo, sin embargo, que es igual o similar Quizá el mayor problema en las relaciones humanas no es que aportemos lo que conocemos y creemos, sino que asumimos como verdadero eso que conocemos y creemos y además, al asumirlo como verdadero, pretendemos que es universal, por tanto los demás tienen la obligación de conocer y creer lo mismo que nosotros. Desde luego que todo eso genera conflictos que, cuando no son resueltos adecuadamente, desgastan e incluso terminan con las relaciones. Para lograr el perdón, el nuestro y el de los otros, entonces, debemos estar conscientes esas premisas y entonces entender que cada uno de nosotros hace lo mejor que puede con lo que sabe, es decir, no es que hagamos las cosas con afán de molestar a los otros, actuamos desde lo que creemos y conocemos simplemente. Una vez que tomamos conciencia de lo anterior, estamos en posibilidad de admitir que podemos estar muy equivocados en nuestras creencias y podemos tener conocimientos muy limitados que a su vez limiten nuestras respuestas, pero que nuestros errores y limitaciones se pueden subsanar si nos abrimos a conocer y experimentar otras posibilidades, pues no nos equivocamos de mala fe. Desde luego que podemos cerrarnos y aferrarnos estúpidamente a lo que creemos y no darnos la oportunidad de conocer otras alternativas de respuesta, pero en esos casos es nuestro miedo y no la mala fe lo que nos impulsa a ello. Analizando, pues, estas circunstancias entenderemos que cuando nos disgustamos con alguien por lo que nos hizo o le guardamos rencor por ello, es que en realidad lo estamos culpando sin realmente ponernos a reflexionar sobre las circunstancias que lo llevan a actuar así. Y entonces lo que realmente hacemos es proyectar sobre él nuestras propias carencias y miedos. Que mejor anécdota para ejemplificar esta situación que la contada sobre el maestro Jesús al estar en la cruz, cuando oró para que su padre perdonara a quienes lo habían crucificado pues, no sabían lo que hacían. Si entiendo que las respuestas que recibo del otro o de mí mismo cuando me hago daño, provienen del miedo, el desconocimiento y la carencia, puedo entender que realmente no hay culpables, pues lo que me hago o me hacen otros, ni siquiera va dirigido realmente a mí, sino a los fantasmas que uno proyecta en el otro como defensa ante esos miedos y carencias. Al entender que no hay intencionalidad en las acciones, entiendo entonces que tampoco puede haber culpabilidad real. Cuando reacciono, en cambio, con ira, enojo y violencia hacia el otro, me lleno yo también de sentimientos negativos y replico las acciones de quien me ofendió, negándome y negándole al otro, la oportunidad de aprender nuevas respuestas que aminoren sus carencias y miedos, en detrimento del crecimiento de ambos. Ya te habrás dado cuenta, entonces, de que el perdón beneficia más a quien lo otorga que a quien lo recibe, porque te libera de toda la responsabilidad del problema, pues aunque tú no lo hayas generado, eres tú quien cargaba con las consecuencias al llenarte de sentimientos negativos, sin embargo, a través del perdón te liberas de la carga negativa, dejando la compasión y la paz. Cerramos con una frase de Mark Tawin: El perdón es la fragancia que la violeta derrama en el talón de quien las pisa.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Wabi-sabi: La belleza de lo imperfecto, temporal y asimétrico como estilo de vida.

Hace algunos días, me encontré con este término estético japonés: Wabi-sabi, el cual representa toda una filosofía de lo perenne, imperfecto y asimétrico como características intrínsecas de lo bello. A veces a los occidentales, empeñados como estamos, en vivir algo único, el síndrome de “lo más”, como yo lo denomino: la experiencia más extraordinaria, más alucinante, más bella, más satisfactoria, es decir, empeñados en la perfección y ostentación de todo, nos cuesta trabajo encontrar la belleza en lo simple, lo natural, lo cotidiano, lo de todos los días, lo que nos encontramos ante nuestras miradas en nuestro andar por la vida. Pasamos por la vida sin darnos cuenta de los regalos que la vida misma nos ofrece a cada paso: Vemos un cielo despejado con nubes como pinceladas y en lugar de maravillarnos por su belleza y agradecerla, nos quejamos del sol, de que no existe sombra que nos cubra, etc. Observamos una estrella refulgiendo justo delante de nosotros al voltear la mirada hacia el cielo y no nos maravilla; Observamos una planta entre el sofocante asfalto abriéndose a la vida y la arrancamos porque arruina el paisaje o estorba nuestro paso. Y desde luego pasamos por la vida sin ver siquiera a los que se nos cruzan en ella, por miedo a involucrarnos más allá de lo que nuestra individualidad nos permite. La belleza para poder ser percibida y admirada, tal como plantea la filosofía wabi-sabi, requiere involucrarnos, trascender los modos convencionales de mirar y pensar las cosas, ver la esencia más allá de la forma, pues en ella podemos encontrar la razón y belleza de lo exterior. Por ejemplo, si observamos un rostro, el nuestro ante el espejo por ejemplo, observamos que nuestros ojos no son totalmente simétricos, que una ceja se encuentra más arriba y más poblada que otra, que tenemos un orificio nasal más grande, una comisura labial más pronunciada, pero justo son esas imperfecciones, asimetrías y rasgos lo que hacen, en lo externo, lo que somos, lo que nos hace únicos y distinguibles de los demás. Si a alguien se le ocurriera hacernos un retrato y tratara de emparejar en él las imperfecciones que tenemos acabaríamos por no reconocernos en él, y efectivamente no nos representaría. También, si tuviéramos por costumbre observarnos detenidamente y observar nuestro entorno con ese mismo detenimiento, nos percataríamos que a cada momento todo cambia de forma, que todo es mutable y todo en un momento dado tiende a la nada de la que partió, es decir que todo nace, muere y cambia continuamente a nuestro alrededor, incluso nosotros, porque esa es nuestra naturaleza, el cambio infinito. Es por eso que el wabi-sabi es el sentido estético de lo perenne, de lo mutable, nada permanece al momento siguiente como fue en el momento anterior. Pero el ser humano común no nota esos cambios porque no observa detenidamente y no vive en el aquí y ahora. Vivimos inmersos en el pasado, observamos a los demás desde el pasado, desde lo que fueron, desde lo que nos hicieron, de lo que sentían, de cómo actuaban. No damos a los demás y nos damos a nosotros mismos la posibilidad de cambiar en el tiempo, de observar efectivamente que somos otros y que por lo tanto no podemos, ni debemos, imaginar que todo sigue como ayer, porque entonces nos limitamos y nos extraviamos en el devenir. Quizá por eso cuando observas a los seres humanos sus miradas parecen extraviadas, porque se perdieron en un momento del tiempo y la existencia que ya no es y no encuentran como empatarse con el aquí y el ahora. En síntesis, Los postulados del wabi-sabi, según nos dice Leonard Koren, en su libro Wabi-sabi para artistas, diseñadores, poetas y filósofos, son: 1. Todas las cosas son mudables: La tendencia hacia la nada es implacable y universal. Incluso cosas que tienen todas las características de la sustancia (duras, inertes, sólidas) no ofrecen más que una “ilusión” de permanencia. Todo se gasta. Los planetas y las estrellas, e incluso las cosas intangibles como la reputación, la herencia familiar, la memoria histórica, los teoremas científicos, las pruebas matemáticas, las bellas artes y la literatura (incluso en su forma digital): a la larga, todos se desvanecen en el olvido y la no existencia. 2. Todas las cosas son imperfectas. Nada de lo que existe está libre de imperfecciones. Cada artesano conoce los límites de la perfección: las imperfecciones saltan a la vista. Y cuando las cosas empiezan a estropearse y se acercan a su estado primordial, se vuelven incluso menos perfectas, más irregulares. 3. Todas las cosas son incompletas. Todas las cosas, incluso el universo mismo, están en un estado constante, perpetuo de transformación o de disolución. La noción de conclusión no tiene cabida en el wabi-sabi. Así que mi invitación hoy es a aprender a ver las cosas tal y como son, y aprender a ir más allá de la mirada para poder aprehender la belleza intrínseca en todo lo existente.

miércoles, 11 de enero de 2012

¿Y SI ESTA VIDA FUERA UNA VACACIÓN?

Hoy viendo un programa de televisión (Dead like me) escuché algunas reflexiones sobre la vida y la muerte que me hicieron preguntarme ¿y si eta vida fuera una vacación?
Para quienes no hayan visto esta serie que ahora transmite sony spin, es una serie que habla de unas personas “no muertas” denominadas “rippers” que se dedican a sacar las almas de los cuerpos que están a punto de morir para que no se queden atrapadas y puedan transitar hacia “el otro lado”, cualquier cosa que esto signifique.
Todos continuamente nos preguntamos que hay más allá de esta vida, si esta vida lo es todo o si sólo es una pequeña parte de una existencia eterna dividida en pequeños periodos de vida en este plano y largos periodos de vida en otros planos. Quizá todos tengamos una visión distinta de lo que acontece al morir, sin embargo, considero que la creencia en un más allá, cualquiera que sea la definición y forma que le des, es una creencia mayoritaria, cuestionable o no, eso no lo abordaré aquí, sino que partiré de esa premisa para desarrollar la idea.
En el episodio en cuestión de la serie televisiva, les toca a los rippers hacer trabajo de archivo, y entonces tienen que clasificar los últimos pensamientos de esas almas que extraen del cuerpo y de lo que una de los rippers se percata es que lo últimos pensamientos de esas almas son muy similares, del tipo: Estoy solo, no tengo a nadie, si hubiera amado más, si hubiera sido más feliz, si me hubiera atrevido a y cosas por el estilo. Es decir, siempre nos lamentamos de cosas que dejamos pendientes y para las cuales no nos hemos dado tiempo en esta vida.
Y bueno, eso nos lleva a preguntarnos entonces ¿y qué sentido tiene esta vida si siempre, al final, nos sentimos inconclusos, insatisfechos? ¿Y entonces cómo podemos aprovechar mejor esta vida para llegar a sentirnos satisfechos cuando termine? Esas preguntas, desde luego las han tratado de resolver muchos filósofos y científicos de todo tipo, pero quizá ninguna teoría formulada hasta el momento podría tildarse de ser la teoría universal.
Entonces tenemos las mismas preguntas y todas estas respuestas diversas, algunas de las cuales nos harán mayor o menor sentido, sin embargo existen algunas que han sido dominantes y transmitidas de generación en generación.
Por ejemplo siempre hemos pensado que estamos acá a prueba, para “ganarnos” el paraíso o el infierno, que estamos aquí para sacrificarnos para conseguir la expiación de nuestros pecados. El resultado de esas creencias, entonces, es que pensamos que la vida es dura y de sacrificios y que si no experimentamos ambos, sacrificios y dureza, en cantidad suficiente, entonces nuestra vida no tiene sentido.
Pero hoy me pregunté ¿y si fuera al revés? ¿Si hemos estado visualizando la vida de manera opuesta a como debimos observarla? Y eso originó mi pregunta inicial, ¿y si realmente esta es la vacación? ¿Y si se supone que esta vida la debimos aprovechar no para sufrir y trabajar sino para disfrutar, para ser felices, para hacer felices a otros, para disfrutar de todo lo que se nos ofrece?
Creo que esa visión daría un giro de 180º. a la manera como la vemos generalmente. Porque siendo así en lugar de pasar la vida sufriendo y trabajando y haciéndonos la vida de cuadritos, como lo hacemos ahora. Pues nos dedicaríamos a disfrutar, relajarnos, sentirnos libres, para estar en donde queremos estar, con quien queremos estar, por el tiempo en que nos plazca estar y disfrutarlo con todo nuestro ser por el tiempo que dure.
¿Con qué visión de la vida quedarías más satisfecho?

martes, 1 de noviembre de 2011

CARGAR CON EL MUERTO (Reflexiones de sobre la muerte desde la vida)


Esta entrada no es alusiva precisamente a la celebración mexicana del día de muertos, ni tampoco al significado literal del dicho popular, pero por una extraña coincidencia, de esas que ocurren a cada momento en la vida, justo será publicada el día de todos los santos.
El motivo de esta entrada y este título, tiene que ver realmente, con el fallecimiento reciente de una persona muy querida para mi familia y para mí y las reflexiones que el acontecimiento me llevó a realizar.
Consanguíneamente, la persona en cuestión, no pertenecía a la familia, sin embargo, poco a poco y con el paso del tiempo se volvió aún más familiar que muchas otras personas con quienes sí comparto sangre. A manera de preámbulo, te cuento un poco nuestra historia y luego continúo con el tema central de la entrada.
Para los mexicanos, el compadrazgo es un vínculo que une a las personas de forma muy estrecha y éste era el caso con la persona en cuestión. Mi padre, quien tampoco está ya con nosotros y, por quien también hago estas reflexiones, bautizó al hijo de “la comadre” -nombre cariñoso con que todos en casa nos referíamos a ella-. El compadrazgo no fue algo previsto y previamente consensuado, pues resulta que el mismo día del bautizo, el padrino designado faltó al evento y entonces pidieron a mi padre que lo substituyera. Dadas las circunstancias, no era posible que mi padre se negara, así que aceptó y desde entonces se convirtieron en compadres y desde entonces el vínculo se estrechó, como correspondía a la tradición. En ese tiempo, mis padres aún no estaban casados, así que mi padre llegó al matrimonio con ese compadrazgo a cuestas y mi madre se adhirió a él al casarse, convirtiéndose también en comadre de “La Comadre” por adopción. Luego la relación fue reforzándose con el pasar de los tiempos y “La Comadre” se convirtió en una presencia continua y muy querida para toda la familia.
La Comadre era una persona sui generis. Desde mi punto de vista, era una persona muy independiente que no se dejaba intimidar por otros y siempre defendía su punto de vista; luchona, porque siempre asumía su realidad de forma frontal y buscaba la forma de salir adelante; Directa, no se andaba con medias tintas, como se dice acá, sino que siempre decía lo que sentía; Apasionada de la vida, queriendo disfrutar hasta el último instante de dicha que se le brindara. Tuvo una vida difícil, sin embargo yo jamás la escuche quejarse de las experiencias que la vida le ofrecía, al contrario siempre las embestía de frente y las trascendía. Siempre estaba ávida de conocer nuevas cosas y experimentarlas, pero sin amargarse si no las obtenía.
Su muerte, como toda muerte de un ser querido, me hizo reflexionar sobre múltiples cosas. La primera de ellas, me hizo darme cuenta más conscientemente de esa especie de vacío o burbuja atemporal en la que uno entra cuando la noticia de la muerte nos impacta. Ese lugar donde el pasado, el presente y el futuro convergen y se mezclan desdibujando sus límites. Donde el tiempo, se convierte en un continuo y parece no transcurrir, paralizarse, permitiéndote hacer un análisis de todas experiencias vividas con la persona fallecida en un instante.
Es justo ese momento sin tiempo donde podemos repasar la experiencia de vida conjunta y darnos cuenta de su significado real. Regularmente las experiencias que recordamos en ese momento son las más cargadas de emoción para nosotros y pueden ser negativas como los resentimientos y remordimientos, o positivas como agradecimientos, aprendizajes asimilados gracias a esa persona que ya no está. Quizá, es toda esa mezcla de emociones agolpada de pronto en nuestra mente, lo que nos hace llorar profusamente ante el ataúd, pues en ese momento nos parece que ya no tienen solución alguna, se vuelven definitivas, insalvables, inamovibles, perpetuas, bueno, tan perpetuas como la existencia humana pueda serlo.
Una vez repasadas todas las experiencias de vida compartidas, podemos hacer un balance de las mismas y encontrar que un lado u otro puede pesar más. Si a lo que le das más importancia, son los resentimientos y remordimientos, entonces éstos se convierten en una carga muy pesada para llevar a cuestas, pues tendrás, a partir de ese momento, que cargarla solo, ya no podrás distribuirla con quien te ayudó a generarlos. Por otro lado, Si pesa más lo positivo, los aprendizajes y agradecimientos, entonces pareciera ser que tu carga emocional se aligera, y es cuando sientes con certeza que la persona fallecida nunca podrá irse de tu lado porque se integra a ti, se fusiona contigo.
Desde luego todas las experiencias compartidas, sean positivas o negativas, te habrán dejado ya un aprendizaje y quizá hayan marcado tu posterior desarrollo. Pero creo, que es justo en esa burbuja atemporal, donde se nos permite modificar el peso de las experiencias y decidir de manera consciente si para ti será más pesado lo positivo o lo negativo de tu relación con el fallecido. Eso significa que el balance con lo que te quedes, positivo o negativo, será entonces tu entera responsabilidad y no la del muerto.
Lo anterior significa que (y por eso el título de esta entrada, si es que no había quedado claro ya), en ambos casos, tendremos que “cargar con el muerto”- esa expresión coloquial que significaba que deberemos cargar con la culpabilidad de la muerte si no se puede determinar al culpable real, pero que en sentido figurado significa que te responsabilizas de las consecuencias de tus actos-. Y si de cualquier forma deberemos cargar con el muerto, lo mejor será darnos cuenta de que la carga será distinta en función de lo que decidamos conservar de él y nuestra relación.
Te invito a reflexionar el día de Todos los Santos en el peso que tienen tus muertos, quizá aún estemos a tiempo de modificarlo.

jueves, 18 de agosto de 2011

UBUNTU


Hoy, escuchando a Gaby Vargas en MVS noticias, mencionaba algo que llamó mi atención, se trata de Ubuntu, un concepto africano tradicional que, según wikipedia, significa algo así como “Soy porque nosotros somos”, quizá algo muy parecido, según entiendo, a lo que puede significar el Namasté hindú. La palabra forma parte de la expresión “umuntu ngumuntu ngabantu”, que significa “una persona se hace humana por razón de las demás personas”.
Creo que Ubuntu es un concepto que todos deberíamos aplicar en nuestra realidad cotidiana, mirarnos en el otro, ser a través de lo que el otro es y entender que todos estamos conectados, que si hacemos daño a los demás, nos lo hacemos a nosotros mismos, que si despreciamos a los demás, nos despreciamos a nosotros mismos, que si odiamos al otro, lo que en realidad odiamos es lo que somos, porque nuestra conexión nos hace parte del mismo universo y como parte de él si algo no funciona, todos somos afectados.
Ubuntu, entonces nos hace mirar al otro para reconocernos en él y saber entender justamente el precepto de amor que todas las religiones pregonan de una u otra forma, si doy al otro la misma dignidad y amor que me doy a mismo, entonces el otro estará bien y yo estaré bien, pero si por el contrario busco sólo mi bienestar y niego el bienestar al otro, entonces ninguno de los dos estará bien, pues yo viviré temiendo perder lo que tengo a manos del otro y el otro vivirá ambicionando lo que yo tengo.
Desde esa perspectiva entonces, Ubuntu es lo que nos hace falta para entender que no podemos continuar en un sistema socio-económico que condena a más de la mitad de la población a la pobreza extrema, a la hambruna, a morir violentamente en guerras estúpidas, que condena a millones a trabajar en lugares insalubres por cantidades irrisorias de dinero para medio sobrevivir y sobre todo que condena a vivir sin dignidad a más de la mitad de la población.
Mi propuesta entonces hoy, es que volvamos la vista y miremos al otro, nos reflejemos en él y entendamos su situación, para poder entender también la nuestra y así poder encontrar formas de mejorar la de ambos.
Para acompañar esta historia te comparto un video de una conferencia dada por la escritora nigeriana Chimanda Adichie, autora de la novela “La flor púrpura” que se titula “El peligro de la historia única”, es decir el peligro de no mirar al otro más que a través de los paradigmas y clichés aprendidos.

miércoles, 20 de julio de 2011

ALCANZAR EL OCEANO


Supongo que para muchos, el poema “Pasatiempo” de Mario Benedetti no les será desconocido. Para aquellos que lo conocen, lo incluyo aquí para que al releerlo, lo re-sientan y para quienes no lo conozcan, con la finalidad de que hagan el ejercicio de identificarse con él.
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
¿A qué viene el poema con esta entrada? Pues bien, resulta que últimamente ha estado dando vueltas en mi cabeza el sentido de la sabiduría y la madurez. Pienso que, la gran mayoría, cree que la madurez y la sabiduría son dones que adquiriremos como derecho propio a través de los años y entonces no nos esforzamos en crecer sino en pasar el tiempo, pretendiendo que con ello, un buen día, alcanzaremos ambas condiciones y entonces, mágicamente, podremos alcanzar con ellas la verdad.
Ojalá la vida fuera así de sencilla y solo necesitáramos del paso del tiempo para volvernos sabios. Pero la realidad es muy distinta, pareciera que, por regla general, nos quedamos estancados en alguna etapa de la vida y dejamos de crecer como individuos, repitiendo una y otra vez los mismos patrones de conducta que aprendimos en la infancia, la adolescencia, o la temprana adultez.
En algún momento de la vida, no entiendo muy bien por qué motivos (aunque presiento que puede deberse a los miedos acumulados, a los ejemplos y aleccionamientos recibidos) nos vamos creando ciertas rutinas que repetimos y repetimos hasta el hartazgo y que van enajenando nuestras capacidades, es decir vamos dejando de ser seres humanos íntegros, convirtiéndonos en una especie de autómatas sin capacidad de asombro, de aprendizaje o de disfrute.
Para ejemplificarlo, nada mejor que pensar en la rutina del día a día de los millones de trabajadores asalariados en nuestras grandes ciudades: Te levantas; te bañas; te vistes; desayunas; te vas al trabajo, cualquiera que este sea, y estando en él, realizas las mismas actividades día tras día, quizá alteradas por algún acontecimiento sin importancia de vez en cuando, pero regularmente las mismas; después regresas a casa, te tiras en el sillón o en la cama, cansado de la rutina del trabajo y de los trayectos inhumanos en transporte público y para no pensar en el vacío de tu existencia, embotas tu cerebro con cualquier cantidad de programas televisivos basura, quizá con ninguno en particular, simplemente cambiando de canal cada cierto tiempo sin tomar consciencia de lo que se proyecta en cada uno de los que van pasando.
Últimamente me he estado preguntando si ¿es así como debe desarrollarse nuestra existencia? ¿quién nos vendió la idea de que debíamos sumergirnos en esa rutina y por qué la compramos? ¿existe otra salida? ¿podemos dejar esas rutinas diarias? ¿queremos dejarlas o preferimos perder nuestra existencia en ella?
Meditando en esas preguntas llega hasta mí una negación con mayúsculas: NO. Me niego a pensar que nuestra vida deba pasar en esas rutinas infames, me niego a pensar que nuestro único objetivo sea levantarnos, transportarnos al trabajo, trabajar para conseguir dinero y mal vivir como resultado, sin mayor objetivo, día con día, sin descanso, categóricamente me rehúso a seguir en este círculo vicioso día tras día.
Y ya puesta en esa decisión de negarme a ello, ahora me pregunto quizá lo que tú también te has preguntado alguna vez: ¿cómo le hago para dejar esa rutina?¿cómo salgo de este engranaje social para encontrar mi propio camino de crecimiento ¿cómo alcanzo por fin el océano?
Esa nueva pregunta desde luego me ha llevado a muchas más reflexiones, pero creo que por el momento lo dejaré aquí para que también tú puedas reflexionar sobre tus rutinas…

martes, 17 de mayo de 2011

LAS RELACIONES Y EL PAPEL ARRUGADO


Ayer, alguien muy importante en mi vida, me comentaba una dinámica de un curso de calidad al que asistió en el cual se les pedía relatar la peor experiencia de servicio que hubieran tenido y, conforme relataban, se les permitió arrugar una hoja de papel cuando sintieran enojo y frustración por el mal servicio recibido.
Al final de los relatos, el facilitador les pidió que trataran de alisar las hojas arrugadas con un disculpe, lo sentimos, son las políticas del establecimiento, etc., disculpas todas que damos los servidores cuando algo sale mal y nos encontramos frente a frente con un cliente enojado. Las hojas, por supuesto, no volvieron a su estado original de prístina lisura, quedaron marcadas, dobladas, arrugadas.
Ese ejercicio me puso a pensar en nuestras relaciones personales, sobre todo en las relaciones que son más importantes para nosotros: la de pareja, las amistades y la familia y en la forma en que desgastamos esas relaciones importantes con nuestras acciones.
Por ignorancia, descuido,o simplemente por la imperfección de nuestra esencia, siempre cometemos errores en nuestras relaciones, somos humanos decimos, todos cometemos errores. Y con esa disculpa de por medio mentimos, damos por sentado, sobrevaloramos, menospreciamos, confundimos, insultamos, agredimos, desconfiamos, en fin dañamos a los que decimos querer de muchas formas:
La forma del deño puede ser de muchos tipos: de pensamiento, de palabra, de obra u omisión, como reza la oración penitencial católica del Yo confieso...Y el caso es que lo hacemos sin pensar en las consecuencias, al calor del momento, por la presión de las circunstancias,porque se dió simplemente sin estar conscientes de las consecuencias
Regularmente pensamos que aquel al que ofendemos, por ser alguien que nos ama, tiene la obligación de perdonarnos, de olvidar lo que dijimos y de seguir amándonos por siempre, damos por sentado que así será y eso nos hace ser menos cuidadosos de nuestros pensamientos, acciones, palabras y omosiones.
Efectivamente, si amamos a alguien, ese amor nos impele a disculpar sus faltas, a perdonar ofensas y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Pero la realidad es que sí pasó y la memoria de los seres humanos es muy grande y trabaja en formas misteriosas, de tal forma que algo que pensabamos olvidado, superado, guardado, de momento regresa a atormentarnos, justo cuando menos lo esperamos, tanto si eres el ofendido, como si eres el ofensor.
Es entonces que tratamos, como en la dinámica de calidad, de alisar el papel con disculpas, contriciones, regalos, alhagos y mil cosas más.Pero la realidad es que, como el papel, una relación que ya hemos alterado de alguna forma, nunca vuelve a ser la misma, cambia. Se pierde la confianza, se deteriora la imagen que tenemos del ser amado,se guardan resentimientos que afloran en el momento menos esperado para atormentarnos y fracturar más la relación.
Por esas situaciones hay parejas que se separan, hijos que huyen de casa, amigos que nos abandonan, hermanos que se pelean y no vuelven a hablarse.
¿Qué debemos hacer entonces para evitar que las relaciones se arruguen como el papel? Ser seres conscientes, mantenernos alertas cuando interactuamos con los demás.
Habrá quien argumente, pero si nadie es perfecto, todos cometemos errores, es humano, es parte de nuestra naturaleza, es nuestro derecho errar para aprender. Y efectivamente estarán en lo cierto, sí todos nos equivocamos, todos cometemos errores, es nuestra naturaleza, sí.
Simplemente hay que considerar y asumir que una vez arrugado, el papel no regresa a su estado de lisura original.