sábado, 26 de mayo de 2012

DAR


Dar es la expresión máxima del ser auténtico y del amor incondicional. Pero, en ocasiones, no entendemos su significado real.

Regularmente identificamos el dar con desprendernos de cosas materiales que nos sobran o que ya no nos sirven, pretendiendo con ello hacer caridad. Pero eso, no necesariamente, puede identificarse con dar.

El verdadero dar, entonces, no parte de la necesidad de desprendernos de cosas  que ya  no queremos o de dar lo que nos sobra. El verdadero dar parte de una intención interior, espiritual, de una necesidad interna de compartir con los demás lo que la vida nos regala con la finalidad de generar su multiplicación, que siempre incide, creámoslo o no,  en la multiplicación de los bienes y de la felicidad para todos.

¿Cómo es que desprendernos de algo, sea material o no, logra su multiplicación? Generalmente pensamos que dar significa dividir y restar, no multiplicar y sumar. Y efectivamente, puede significarlo, si nuestra intención no es la correcta. Pongamos algún ejemplo para entender cómo funciona el dar en la práctica:

Digamos que alguien presta dinero a otro que necesita y cuando lo hace, independientemente de que lo tenga de sobra, le pregunta, no el motivo para lo que se requiere el dinero, no la situación que orilla a pedir, sino ¿cuándo me lo devolverás? ¿No te puedes apañar con menos? Y a sus respuestas, no importando cuáles hayan sido y sin importar la urgencia de las mismas, te contesta ¡No te puedo prestar tanto! Te presto la mitad y necesito que me lo devuelvas en quince días.

Esa personas ¿estará dando de verdad? ¿Estará ayudando a alguien de verdad? No. Pues su intención no es desprenderse de sus pertenencias para ayudar al otro. Es una simple negociación de la que espera sacar algún provecho, tal vez el agradecimiento, el sentirse bondadoso a sus propios ojos o el  obtener la lealtad del otro.

Pero su intención hará que no obtenga a cambio más que su dinero, no habrá multiplicado ni sumado nada, pues nadie le agradecerá lo que hizo, ni lo verá como una persona bondadosa, ni obtendrá la lealtad de nadie. En consecuencia esa persona se sentirá disminuida y engañada al dar.

En cambio, alguien que observa la aflicción de otro y se detiene a preguntarle lo que le ocurre y contribuye a aliviar el dolor; sino con bienes materiales, con su escucha y su apoyo, obtendrá un nuevo amigo, un aliado que devolverá lo que recibió de la misma forma en que lo haya recibido y que dará además un agradecimiento, con lo cual, quien dio, habrá sumado a sus bienes mucho más de lo dado y habrá multiplicado su bienestar con el bienestar de otro.

Por ello Jesús dijo: No mires lo que das, sino la intención con que lo das. Si tu intención surge del corazón, con el deseo gozoso de servir a los otros, estará garantizado que obtendrás más de lo que hayas dado en un principio y contribuirás a que otros también tengan más.

La naturaleza nos da ejemplo de la intención verdadera del dar a cada paso, eso lo descubrí cuando alguien me preguntó ¿Qué te pide un manzano para darte manzanas? ¿Acaso te pide que lo alabes, le agradezcas o lo recompenses por las manzanas que te da? No, no lo hace y sin embargo ¿Alguna vez recibes de él otra cosa que no sean manzanas? ¿Te da alguna vez limones por no lo alabarlo o agradecerlo? No, no lo hace, siempre, lo trates como lo trates, te dará manzanas ¿Alguna vez retiene sus manzanas o las dosifica pensando en que si te las da se le acabarán? No. Lo mismo hace el sol, el agua, no te condicionan sus favores a que tú te portes bien con ellos o les des algo a cambio.

¿Por qué entonces los humanos pretendemos siempre atesorar cosas materiales o emocionales? Por un sentido de carencia que nos produce miedo, pensamos que si damos demasiado a los demás perderemos lo que tenemos y nos quedaremos sin nada para el futuro. Pero la realidad no es así, entre más damos más recibimos y generamos mayor bienestar. Las situaciones de carencia en nuestro planeta se derivan de que algunos atesoran demasiado impidiendo que otros tengan lo necesario.
Cierro con una frase extraída de Un curso de Milagros: Para poder tener, da todo a todos.

miércoles, 18 de abril de 2012

EL SER AUTÉNTICO

La autenticidad la define el diccionario como la condición o calidad de ser cierto, luego entonces, hablar de un ser auténtico en nosotros, implicaría que, lo que pensamos que somos, no es cierto parcial o totalmente, pero ¿cómo podríamos ser algo distinto a lo que pensamos que somos? Hay un cuento popular que puede ilustrar esa paradoja de ser los que no somos: Se cuenta que Juan se encontró con Dios al morir y éste le preguntó: ¿Quién eres? a lo que él respondió: - Soy Juan. -Te pregunté quién eres, no cómo te llamas. - Bueno soy contador. – Te pregunté quién eres no a qué te dedicas. - Bueno soy el esposo de María. - No te pregunté si estabas casado sino quién eres… Y así, la historia puede continuar indefinidamente, encontrando múltiples sucesos en nuestra vida que aún así no definen lo que somos sino nuestra situación de vida. Así, que llegar al descubrimiento de nuestro verdadero ser, el ser auténtico, ese que todos llevamos dentro, pero que no dejamos salir al encuentro de otros por miedo, o peor aún, por desconocimiento de que se encuentra dentro, es todo un reto. Quizá, el único reto que debemos afrontar en nuestra vida e implica un viaje interno a través de capas y capas de historia personal y social, para desprendernos de los condicionamientos que hemos acumulado con el tiempo. En la vida vamos adoptando diversos roles, personajes que vamos construyendo conforme las exigencias de los demás, para complacerlos, para sentirnos aceptados y queridos, pero la mayoría de las veces, sintiendo que no somos lo que queremos ser, sino lo que otros desean que seamos, a tal grado, que a veces perdemos la capacidad de reconocer lo que realmente somos. ¿Alguna vez te has preguntado quien eres realmente? ¿Qué te haría sentir un ser pleno? Encontrar nuestro ser auténtico, nos haría explorar y alcanzar nuestras potencialidades, convertirlas en realidad, lo cual, según las creencias orientales, nos convertiría en seres puros, bellos, bondadosos y felices. ¿No te gustaría ser así? Todos tenemos la capacidad de conseguirlo, si nos atrevemos a dejar los condicionamientos absurdos y nos decidimos a actuar conforme, ese ser sabio que llevamos dentro, nos indique las respuestas. Nuestra vida actual nos da un sinfín de ocasiones de ejemplificar que tan alejados estamos de nuestra naturaleza de ser. Hablemos, por ejemplo del dinero, el cual hemos convertido, de ser un instrumento de intercambio a ser un fin en sí mismo, pero ¿Para qué nos sirve en última instancia? ¿Necesitamos realmente tener dinero como medio de intercambio? ¿No sería mejor intercambiar bienes por bienes? ¿No sería mejor repartir los bienes entre todos en lugar de especular con ellos? ¿No podríamos así acabar con el hambre y la insalubridad en el mundo, en lugar de tener millones guardados en los bancos? Y si hablamos del trabajo, en la actualidad la mayoría de las personas trabajan para conseguir dinero con el cual satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, vestido y vivienda ¿No sería mejor que realizáramos las actividades que nos gustan, en lugar de esclavizarnos en una actividad vacía que no nos llena? ¿No sería mejor que tuviéramos nuestras necesidades primarias cubiertas y que trabajáramos por diversión, por satisfacción según nuestras capacidades y gustos? ¿Realmente tenemos todos que ser infelices por conseguir dinero? ¿Qué te gustaría hacer de no tener que trabajar por dinero? La crisis económica mundial donde los pobres son cada vez más podres y los ricos más ricos y donde los índices de estrés e infelicidad son cada vez mayores nos deberían indicar, en lo profundo, que estamos alejándonos de nuestra naturaleza real y que debemos cambiar nuestras condiciones de vida. Y para lograrlo debemos hacer caso a la vocecita interna que nos indica que debemos buscar el bien común y no el individual, la satisfacción y el disfrute en lugar de la ganancia, la armonía en lugar del conflicto, le felicidad en lugar del dolor, quizá entonces podamos encontrar nuestro ser auténtico. Y no se trata de ir en contra de todo lo establecido, sino saber lo que realmente se alinea con lo que somos y con el ser Universal. Te invito entonces a reflexionar en todas tus circunstancias de vida y encontrar en ellas tu verdadero ser y el de los demás. Y te sugiero como Adyashanti : “Empieza ahora, en este momento, te pido que seas el Buddha, te pido que tomes tu puesto, que estés firme en tu intención de despertar a la verdad de Tu Ser Verdadero”.

miércoles, 7 de marzo de 2012

EL PERDÓN

Hoy me gustaría explorar el tema del perdón. El perdón regularmente lo asociamos con el olvido y la disculpa, es decir, lo asociamos con el acto de bondad que ofrecemos a los demás cuando nos ofenden, pero el perdón va mucho más allá de esa concepción judeo-cristiana. Para mí, el perdón tiene más que ver con nuestro camino hacia el amor, tanto el amor a uno mismo como del amor a los demás, porque el amor no puede darse hasta en tanto abracemos lo que somos, y lo que son los otros, con todo nuestro ser. Ese abrazo incondicional significa total aceptación, que sólo puede darse cuando hemos aprendido a entender y vivir con nuestros defectos y errores. El perdón es entonces, el acto de entender que los seres humanos somos seres en continua evolución y por ello vamos experimentando y equivocándonos a cada paso, es entender también, que nuestro desarrollo no es uniforme, es decir que cada uno evoluciona a ritmos y en aspectos distintos, y una tercera cuestión a considerar en el perdón es que todos necesitamos de la interacción con otros para nutrirnos y crecer. Partiendo de estas tres premisas es como los seres humanos interactuamos con los demás, llevando y aportando a la relación lo que conocemos, según nuestro grado de desarrollo y sin considerar el grado de evolución de los demás, asumiendo, sin embargo, que es igual o similar Quizá el mayor problema en las relaciones humanas no es que aportemos lo que conocemos y creemos, sino que asumimos como verdadero eso que conocemos y creemos y además, al asumirlo como verdadero, pretendemos que es universal, por tanto los demás tienen la obligación de conocer y creer lo mismo que nosotros. Desde luego que todo eso genera conflictos que, cuando no son resueltos adecuadamente, desgastan e incluso terminan con las relaciones. Para lograr el perdón, el nuestro y el de los otros, entonces, debemos estar conscientes esas premisas y entonces entender que cada uno de nosotros hace lo mejor que puede con lo que sabe, es decir, no es que hagamos las cosas con afán de molestar a los otros, actuamos desde lo que creemos y conocemos simplemente. Una vez que tomamos conciencia de lo anterior, estamos en posibilidad de admitir que podemos estar muy equivocados en nuestras creencias y podemos tener conocimientos muy limitados que a su vez limiten nuestras respuestas, pero que nuestros errores y limitaciones se pueden subsanar si nos abrimos a conocer y experimentar otras posibilidades, pues no nos equivocamos de mala fe. Desde luego que podemos cerrarnos y aferrarnos estúpidamente a lo que creemos y no darnos la oportunidad de conocer otras alternativas de respuesta, pero en esos casos es nuestro miedo y no la mala fe lo que nos impulsa a ello. Analizando, pues, estas circunstancias entenderemos que cuando nos disgustamos con alguien por lo que nos hizo o le guardamos rencor por ello, es que en realidad lo estamos culpando sin realmente ponernos a reflexionar sobre las circunstancias que lo llevan a actuar así. Y entonces lo que realmente hacemos es proyectar sobre él nuestras propias carencias y miedos. Que mejor anécdota para ejemplificar esta situación que la contada sobre el maestro Jesús al estar en la cruz, cuando oró para que su padre perdonara a quienes lo habían crucificado pues, no sabían lo que hacían. Si entiendo que las respuestas que recibo del otro o de mí mismo cuando me hago daño, provienen del miedo, el desconocimiento y la carencia, puedo entender que realmente no hay culpables, pues lo que me hago o me hacen otros, ni siquiera va dirigido realmente a mí, sino a los fantasmas que uno proyecta en el otro como defensa ante esos miedos y carencias. Al entender que no hay intencionalidad en las acciones, entiendo entonces que tampoco puede haber culpabilidad real. Cuando reacciono, en cambio, con ira, enojo y violencia hacia el otro, me lleno yo también de sentimientos negativos y replico las acciones de quien me ofendió, negándome y negándole al otro, la oportunidad de aprender nuevas respuestas que aminoren sus carencias y miedos, en detrimento del crecimiento de ambos. Ya te habrás dado cuenta, entonces, de que el perdón beneficia más a quien lo otorga que a quien lo recibe, porque te libera de toda la responsabilidad del problema, pues aunque tú no lo hayas generado, eres tú quien cargaba con las consecuencias al llenarte de sentimientos negativos, sin embargo, a través del perdón te liberas de la carga negativa, dejando la compasión y la paz. Cerramos con una frase de Mark Tawin: El perdón es la fragancia que la violeta derrama en el talón de quien las pisa.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Wabi-sabi: La belleza de lo imperfecto, temporal y asimétrico como estilo de vida.

Hace algunos días, me encontré con este término estético japonés: Wabi-sabi, el cual representa toda una filosofía de lo perenne, imperfecto y asimétrico como características intrínsecas de lo bello. A veces a los occidentales, empeñados como estamos, en vivir algo único, el síndrome de “lo más”, como yo lo denomino: la experiencia más extraordinaria, más alucinante, más bella, más satisfactoria, es decir, empeñados en la perfección y ostentación de todo, nos cuesta trabajo encontrar la belleza en lo simple, lo natural, lo cotidiano, lo de todos los días, lo que nos encontramos ante nuestras miradas en nuestro andar por la vida. Pasamos por la vida sin darnos cuenta de los regalos que la vida misma nos ofrece a cada paso: Vemos un cielo despejado con nubes como pinceladas y en lugar de maravillarnos por su belleza y agradecerla, nos quejamos del sol, de que no existe sombra que nos cubra, etc. Observamos una estrella refulgiendo justo delante de nosotros al voltear la mirada hacia el cielo y no nos maravilla; Observamos una planta entre el sofocante asfalto abriéndose a la vida y la arrancamos porque arruina el paisaje o estorba nuestro paso. Y desde luego pasamos por la vida sin ver siquiera a los que se nos cruzan en ella, por miedo a involucrarnos más allá de lo que nuestra individualidad nos permite. La belleza para poder ser percibida y admirada, tal como plantea la filosofía wabi-sabi, requiere involucrarnos, trascender los modos convencionales de mirar y pensar las cosas, ver la esencia más allá de la forma, pues en ella podemos encontrar la razón y belleza de lo exterior. Por ejemplo, si observamos un rostro, el nuestro ante el espejo por ejemplo, observamos que nuestros ojos no son totalmente simétricos, que una ceja se encuentra más arriba y más poblada que otra, que tenemos un orificio nasal más grande, una comisura labial más pronunciada, pero justo son esas imperfecciones, asimetrías y rasgos lo que hacen, en lo externo, lo que somos, lo que nos hace únicos y distinguibles de los demás. Si a alguien se le ocurriera hacernos un retrato y tratara de emparejar en él las imperfecciones que tenemos acabaríamos por no reconocernos en él, y efectivamente no nos representaría. También, si tuviéramos por costumbre observarnos detenidamente y observar nuestro entorno con ese mismo detenimiento, nos percataríamos que a cada momento todo cambia de forma, que todo es mutable y todo en un momento dado tiende a la nada de la que partió, es decir que todo nace, muere y cambia continuamente a nuestro alrededor, incluso nosotros, porque esa es nuestra naturaleza, el cambio infinito. Es por eso que el wabi-sabi es el sentido estético de lo perenne, de lo mutable, nada permanece al momento siguiente como fue en el momento anterior. Pero el ser humano común no nota esos cambios porque no observa detenidamente y no vive en el aquí y ahora. Vivimos inmersos en el pasado, observamos a los demás desde el pasado, desde lo que fueron, desde lo que nos hicieron, de lo que sentían, de cómo actuaban. No damos a los demás y nos damos a nosotros mismos la posibilidad de cambiar en el tiempo, de observar efectivamente que somos otros y que por lo tanto no podemos, ni debemos, imaginar que todo sigue como ayer, porque entonces nos limitamos y nos extraviamos en el devenir. Quizá por eso cuando observas a los seres humanos sus miradas parecen extraviadas, porque se perdieron en un momento del tiempo y la existencia que ya no es y no encuentran como empatarse con el aquí y el ahora. En síntesis, Los postulados del wabi-sabi, según nos dice Leonard Koren, en su libro Wabi-sabi para artistas, diseñadores, poetas y filósofos, son: 1. Todas las cosas son mudables: La tendencia hacia la nada es implacable y universal. Incluso cosas que tienen todas las características de la sustancia (duras, inertes, sólidas) no ofrecen más que una “ilusión” de permanencia. Todo se gasta. Los planetas y las estrellas, e incluso las cosas intangibles como la reputación, la herencia familiar, la memoria histórica, los teoremas científicos, las pruebas matemáticas, las bellas artes y la literatura (incluso en su forma digital): a la larga, todos se desvanecen en el olvido y la no existencia. 2. Todas las cosas son imperfectas. Nada de lo que existe está libre de imperfecciones. Cada artesano conoce los límites de la perfección: las imperfecciones saltan a la vista. Y cuando las cosas empiezan a estropearse y se acercan a su estado primordial, se vuelven incluso menos perfectas, más irregulares. 3. Todas las cosas son incompletas. Todas las cosas, incluso el universo mismo, están en un estado constante, perpetuo de transformación o de disolución. La noción de conclusión no tiene cabida en el wabi-sabi. Así que mi invitación hoy es a aprender a ver las cosas tal y como son, y aprender a ir más allá de la mirada para poder aprehender la belleza intrínseca en todo lo existente.

miércoles, 11 de enero de 2012

¿Y SI ESTA VIDA FUERA UNA VACACIÓN?

Hoy viendo un programa de televisión (Dead like me) escuché algunas reflexiones sobre la vida y la muerte que me hicieron preguntarme ¿y si eta vida fuera una vacación?
Para quienes no hayan visto esta serie que ahora transmite sony spin, es una serie que habla de unas personas “no muertas” denominadas “rippers” que se dedican a sacar las almas de los cuerpos que están a punto de morir para que no se queden atrapadas y puedan transitar hacia “el otro lado”, cualquier cosa que esto signifique.
Todos continuamente nos preguntamos que hay más allá de esta vida, si esta vida lo es todo o si sólo es una pequeña parte de una existencia eterna dividida en pequeños periodos de vida en este plano y largos periodos de vida en otros planos. Quizá todos tengamos una visión distinta de lo que acontece al morir, sin embargo, considero que la creencia en un más allá, cualquiera que sea la definición y forma que le des, es una creencia mayoritaria, cuestionable o no, eso no lo abordaré aquí, sino que partiré de esa premisa para desarrollar la idea.
En el episodio en cuestión de la serie televisiva, les toca a los rippers hacer trabajo de archivo, y entonces tienen que clasificar los últimos pensamientos de esas almas que extraen del cuerpo y de lo que una de los rippers se percata es que lo últimos pensamientos de esas almas son muy similares, del tipo: Estoy solo, no tengo a nadie, si hubiera amado más, si hubiera sido más feliz, si me hubiera atrevido a y cosas por el estilo. Es decir, siempre nos lamentamos de cosas que dejamos pendientes y para las cuales no nos hemos dado tiempo en esta vida.
Y bueno, eso nos lleva a preguntarnos entonces ¿y qué sentido tiene esta vida si siempre, al final, nos sentimos inconclusos, insatisfechos? ¿Y entonces cómo podemos aprovechar mejor esta vida para llegar a sentirnos satisfechos cuando termine? Esas preguntas, desde luego las han tratado de resolver muchos filósofos y científicos de todo tipo, pero quizá ninguna teoría formulada hasta el momento podría tildarse de ser la teoría universal.
Entonces tenemos las mismas preguntas y todas estas respuestas diversas, algunas de las cuales nos harán mayor o menor sentido, sin embargo existen algunas que han sido dominantes y transmitidas de generación en generación.
Por ejemplo siempre hemos pensado que estamos acá a prueba, para “ganarnos” el paraíso o el infierno, que estamos aquí para sacrificarnos para conseguir la expiación de nuestros pecados. El resultado de esas creencias, entonces, es que pensamos que la vida es dura y de sacrificios y que si no experimentamos ambos, sacrificios y dureza, en cantidad suficiente, entonces nuestra vida no tiene sentido.
Pero hoy me pregunté ¿y si fuera al revés? ¿Si hemos estado visualizando la vida de manera opuesta a como debimos observarla? Y eso originó mi pregunta inicial, ¿y si realmente esta es la vacación? ¿Y si se supone que esta vida la debimos aprovechar no para sufrir y trabajar sino para disfrutar, para ser felices, para hacer felices a otros, para disfrutar de todo lo que se nos ofrece?
Creo que esa visión daría un giro de 180º. a la manera como la vemos generalmente. Porque siendo así en lugar de pasar la vida sufriendo y trabajando y haciéndonos la vida de cuadritos, como lo hacemos ahora. Pues nos dedicaríamos a disfrutar, relajarnos, sentirnos libres, para estar en donde queremos estar, con quien queremos estar, por el tiempo en que nos plazca estar y disfrutarlo con todo nuestro ser por el tiempo que dure.
¿Con qué visión de la vida quedarías más satisfecho?

martes, 1 de noviembre de 2011

CARGAR CON EL MUERTO (Reflexiones de sobre la muerte desde la vida)


Esta entrada no es alusiva precisamente a la celebración mexicana del día de muertos, ni tampoco al significado literal del dicho popular, pero por una extraña coincidencia, de esas que ocurren a cada momento en la vida, justo será publicada el día de todos los santos.
El motivo de esta entrada y este título, tiene que ver realmente, con el fallecimiento reciente de una persona muy querida para mi familia y para mí y las reflexiones que el acontecimiento me llevó a realizar.
Consanguíneamente, la persona en cuestión, no pertenecía a la familia, sin embargo, poco a poco y con el paso del tiempo se volvió aún más familiar que muchas otras personas con quienes sí comparto sangre. A manera de preámbulo, te cuento un poco nuestra historia y luego continúo con el tema central de la entrada.
Para los mexicanos, el compadrazgo es un vínculo que une a las personas de forma muy estrecha y éste era el caso con la persona en cuestión. Mi padre, quien tampoco está ya con nosotros y, por quien también hago estas reflexiones, bautizó al hijo de “la comadre” -nombre cariñoso con que todos en casa nos referíamos a ella-. El compadrazgo no fue algo previsto y previamente consensuado, pues resulta que el mismo día del bautizo, el padrino designado faltó al evento y entonces pidieron a mi padre que lo substituyera. Dadas las circunstancias, no era posible que mi padre se negara, así que aceptó y desde entonces se convirtieron en compadres y desde entonces el vínculo se estrechó, como correspondía a la tradición. En ese tiempo, mis padres aún no estaban casados, así que mi padre llegó al matrimonio con ese compadrazgo a cuestas y mi madre se adhirió a él al casarse, convirtiéndose también en comadre de “La Comadre” por adopción. Luego la relación fue reforzándose con el pasar de los tiempos y “La Comadre” se convirtió en una presencia continua y muy querida para toda la familia.
La Comadre era una persona sui generis. Desde mi punto de vista, era una persona muy independiente que no se dejaba intimidar por otros y siempre defendía su punto de vista; luchona, porque siempre asumía su realidad de forma frontal y buscaba la forma de salir adelante; Directa, no se andaba con medias tintas, como se dice acá, sino que siempre decía lo que sentía; Apasionada de la vida, queriendo disfrutar hasta el último instante de dicha que se le brindara. Tuvo una vida difícil, sin embargo yo jamás la escuche quejarse de las experiencias que la vida le ofrecía, al contrario siempre las embestía de frente y las trascendía. Siempre estaba ávida de conocer nuevas cosas y experimentarlas, pero sin amargarse si no las obtenía.
Su muerte, como toda muerte de un ser querido, me hizo reflexionar sobre múltiples cosas. La primera de ellas, me hizo darme cuenta más conscientemente de esa especie de vacío o burbuja atemporal en la que uno entra cuando la noticia de la muerte nos impacta. Ese lugar donde el pasado, el presente y el futuro convergen y se mezclan desdibujando sus límites. Donde el tiempo, se convierte en un continuo y parece no transcurrir, paralizarse, permitiéndote hacer un análisis de todas experiencias vividas con la persona fallecida en un instante.
Es justo ese momento sin tiempo donde podemos repasar la experiencia de vida conjunta y darnos cuenta de su significado real. Regularmente las experiencias que recordamos en ese momento son las más cargadas de emoción para nosotros y pueden ser negativas como los resentimientos y remordimientos, o positivas como agradecimientos, aprendizajes asimilados gracias a esa persona que ya no está. Quizá, es toda esa mezcla de emociones agolpada de pronto en nuestra mente, lo que nos hace llorar profusamente ante el ataúd, pues en ese momento nos parece que ya no tienen solución alguna, se vuelven definitivas, insalvables, inamovibles, perpetuas, bueno, tan perpetuas como la existencia humana pueda serlo.
Una vez repasadas todas las experiencias de vida compartidas, podemos hacer un balance de las mismas y encontrar que un lado u otro puede pesar más. Si a lo que le das más importancia, son los resentimientos y remordimientos, entonces éstos se convierten en una carga muy pesada para llevar a cuestas, pues tendrás, a partir de ese momento, que cargarla solo, ya no podrás distribuirla con quien te ayudó a generarlos. Por otro lado, Si pesa más lo positivo, los aprendizajes y agradecimientos, entonces pareciera ser que tu carga emocional se aligera, y es cuando sientes con certeza que la persona fallecida nunca podrá irse de tu lado porque se integra a ti, se fusiona contigo.
Desde luego todas las experiencias compartidas, sean positivas o negativas, te habrán dejado ya un aprendizaje y quizá hayan marcado tu posterior desarrollo. Pero creo, que es justo en esa burbuja atemporal, donde se nos permite modificar el peso de las experiencias y decidir de manera consciente si para ti será más pesado lo positivo o lo negativo de tu relación con el fallecido. Eso significa que el balance con lo que te quedes, positivo o negativo, será entonces tu entera responsabilidad y no la del muerto.
Lo anterior significa que (y por eso el título de esta entrada, si es que no había quedado claro ya), en ambos casos, tendremos que “cargar con el muerto”- esa expresión coloquial que significaba que deberemos cargar con la culpabilidad de la muerte si no se puede determinar al culpable real, pero que en sentido figurado significa que te responsabilizas de las consecuencias de tus actos-. Y si de cualquier forma deberemos cargar con el muerto, lo mejor será darnos cuenta de que la carga será distinta en función de lo que decidamos conservar de él y nuestra relación.
Te invito a reflexionar el día de Todos los Santos en el peso que tienen tus muertos, quizá aún estemos a tiempo de modificarlo.

jueves, 18 de agosto de 2011

UBUNTU


Hoy, escuchando a Gaby Vargas en MVS noticias, mencionaba algo que llamó mi atención, se trata de Ubuntu, un concepto africano tradicional que, según wikipedia, significa algo así como “Soy porque nosotros somos”, quizá algo muy parecido, según entiendo, a lo que puede significar el Namasté hindú. La palabra forma parte de la expresión “umuntu ngumuntu ngabantu”, que significa “una persona se hace humana por razón de las demás personas”.
Creo que Ubuntu es un concepto que todos deberíamos aplicar en nuestra realidad cotidiana, mirarnos en el otro, ser a través de lo que el otro es y entender que todos estamos conectados, que si hacemos daño a los demás, nos lo hacemos a nosotros mismos, que si despreciamos a los demás, nos despreciamos a nosotros mismos, que si odiamos al otro, lo que en realidad odiamos es lo que somos, porque nuestra conexión nos hace parte del mismo universo y como parte de él si algo no funciona, todos somos afectados.
Ubuntu, entonces nos hace mirar al otro para reconocernos en él y saber entender justamente el precepto de amor que todas las religiones pregonan de una u otra forma, si doy al otro la misma dignidad y amor que me doy a mismo, entonces el otro estará bien y yo estaré bien, pero si por el contrario busco sólo mi bienestar y niego el bienestar al otro, entonces ninguno de los dos estará bien, pues yo viviré temiendo perder lo que tengo a manos del otro y el otro vivirá ambicionando lo que yo tengo.
Desde esa perspectiva entonces, Ubuntu es lo que nos hace falta para entender que no podemos continuar en un sistema socio-económico que condena a más de la mitad de la población a la pobreza extrema, a la hambruna, a morir violentamente en guerras estúpidas, que condena a millones a trabajar en lugares insalubres por cantidades irrisorias de dinero para medio sobrevivir y sobre todo que condena a vivir sin dignidad a más de la mitad de la población.
Mi propuesta entonces hoy, es que volvamos la vista y miremos al otro, nos reflejemos en él y entendamos su situación, para poder entender también la nuestra y así poder encontrar formas de mejorar la de ambos.
Para acompañar esta historia te comparto un video de una conferencia dada por la escritora nigeriana Chimanda Adichie, autora de la novela “La flor púrpura” que se titula “El peligro de la historia única”, es decir el peligro de no mirar al otro más que a través de los paradigmas y clichés aprendidos.