martes, 4 de junio de 2013

Libre Albedrío



"Porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas"
Amado Nervo
 
¿Qué es lo que te gustaría tener en tu vida? ¿Cómo quisieras que tu vida transcurriera? Se supone que todos deseamos que nuestra vida se encuentre llena de cosas positivas tales como  amor, paz, prosperidad, alegría, realización, satisfacción, autoexpresión, salud, etc. Lamentablemente nuestra vida, en la mayoría de los casos, no es así. Lo que experimentamos de manera cotidiana es dolor, angustia, insatisfacción, desesperación, estrés, carencia,  etc. ¿Por qué? ¿Será esta la única forma de vivir? ¿O podremos vivir tal como deseamos hacerlo?
Hay quienes piensan que no se puede ser enteramente feliz, que siempre hay problemas, fracasos, que todo eso es parte de la vida también. Es probable que así sea, pero ¿a caso no habrá forma de que nuestra vida sea en su mayoría feliz y positiva?
Quizá lo que nos falte considerar para llegar a tener la vida que deseamos, son las opciones que elegimos. Pues, a cada paso que damos, vamos tomando distintas decisiones que afectan el qué y cómo de nuestra experiencia. A veces pensamos que las elecciones que tomamos cotidianamente son nimias, pero cada una va perfilando nuestra experiencia de vida. De tal forma que si deseamos que nuestra vida este llena de cosas positivas, debemos elegir las acciones que nos permitan llegar a ellas.
A esa posibilidad de elegir lo que experimentamos  le hemos llamado el libre albedrío. Término, que si lo analizamos, implica que toda elección que hacemos es libre, toda sin excepción. Si pensamos de verdad en la profundidad de nuestro libre albedrío, lo que generalmente sentimos es miedo, porque libertad total implica responsabilidad total por todas nuestras acciones. Es decir que por más que busquemos culpables, sólo existe uno: Nosotros mismos.
 En el juego de la vida, entonces, no hay ni víctimas ni villanos. Y en el fondo, todos sabemos esa verdad, sólo que nos gusta auto engañarnos pensando que los otros son capaces de hacernos daño, porque así, evitamos la responsabilidad y se la endilgamos a alguien más. Incluso hasta tenemos frases hechas que ocupamos para responsabilizar a otros: ¡Mira lo que me hiciste hacer! ¡Yo no quería hacerlo, tú me obligaste, es tu responsabilidad! ¡Por tu culpa actuó como lo hago! etc. ¿Te suenan familiares?
¿Por qué no asumimos la responsabilidad sobre nuestras acciones, tal como podemos hacerlo? Porque, como ya dijimos, nos da miedo pensar que tenemos todo ese poder: El poder de ser y hacer lo que queramos. ¡Imagínate lo que sería  asumir la total responsabilidad de nuestros actos! Significaría que si te va bien tienes la culpa y si te va mal también la tienes. ¿Y a quién le gusta sentirse culpable de su propia infelicidad?¿Qué escusa tendríamos entonces para ser infelices?
Ya sé lo que me dirás que hay circunstancias externas que no puedes controlar, pero aún así puedes elegir el cómo reaccionar ante ellas y eso te da poder sobre el resultado. Cuando nos enfrentamos a situaciones que nos afectan, al menos disponemos de dos posibilidades, de la que elijas dependerá la satisfacción o insatisfacción que experimentes y por ende tu felicidad o infelicidad.
Pongamos un ejemplo típico para mayor claridad, digamos que te encuentras en el vagón del metro sentado en el lugar destinado para gente de la tercera edad y sube un anciano al vagón ¿Qué haces? Puedes elegir quedarte sentado o ceder el lugar a quien le corresponde.  Independientemente de la elección que hagas para el caso, lo que es importante recalcar para tu experiencia de vida es, ¿Qué tipo de persona eres? Porque en decisiones como esta vamos perfilando la calidad de nuestra vida.
Te lo explico: Esa nimia decisión que tomamos de ceder el lugar o no, habla de lo que realmente somos como personas, pues nos indica si somos amorosos, solidarios, respetuosos o por el contrario si somos egoístas, mezquinos, individualistas. Claro que podemos justificar nuestras acciones como deseemos hacerlo, pero lo cierto es que algunas de estas formas de ser te hacen sentir mejor que otras y hacen a otros sentirse mejor también. Todas ellas, a la larga van generando nuestra felicidad o perfilando nuestra desdicha día con día.
Así que mi pregunta de reflexión para hoy es ¿cómo eliges actuar? Porque de eso depende lo que obtendrás.
 

jueves, 11 de abril de 2013

Empatía y Compasión



“Qué pueda ayudar a todos los seres, y si alguna vez me canso de esta gran obra, que mi cuerpo se destruya en mil pedazos¨  Plegaria de  Avalokiteshvara (Buda de la compasión)
Cada día entablamos sin número de contactos con los demás seres humanos: con nuestros familiares, vecinos, compañeros de trabajo, incluso con desconocidos.
En estos contactos actuamos desde nuestras creencias (y al hablar de creencias no me refiero  únicamente a las religiosas sino a las morales, sociales, políticas, económicas, etc.) sin considerar las creencias de los otros, las cuales pueden ser similares a las nuestras o totalmente opuestas. Si las creencias de los otros son similares a las nuestras formaremos con ellos relaciones y alianzas, pero si son opuestas, los tacharemos de estar equivocados y trataremos de hacerlos entrar en “razón”, es decir, de hacerlos pensar y actuar como nosotros.
Hace poco leía una frase que lo sintetiza perfectamente: Todos pensamos que hacemos lo correcto, de otra forma no lo haríamos. La misma frase puede aplicarse a genocidas como Hitler o a personas compasivas como la Madre Teresa de Calcuta. Pensamos y reaccionamos considerando que nuestro actuar es el correcto y que los demás deben entendernos, apoyarnos y estar de acuerdo con lo que hacemos porque tenemos la razón, no puede ser de otra forma. Pero ¿lo es? ¿Siempre tenemos la razón? Juzga tú los ejemplos…
Lo que puede quedarnos claro con los ejemplos de Hitler y la Madre Teresa, más allá de la perspectiva moral, es que, regularmente, nuestra forma de ver la vida se encuentra  limitada a nuestra experiencia particular y que esa forma limitada de ver nuestras acciones y creer en ellas nos genera  conflictos con los demás. Pues, de entrada, todos los demás están equivocados. Pero ¿lo están de verdad? ¿Un individuo en particular puede poseer la verdad absoluta? ¿Quién entonces la posee? Y sobre todo ¿Nos sirve de algo tener la verdad absoluta a costa de que todos los demás estén equivocados?
Si fuera posible que un solo individuo poseyera la verdad absoluta habiendo tantas otras, pronto nos daríamos cuenta que no nos sirve de mucho poseerla, pues por más que nos esforzáramos nunca lograríamos hacérsela creer a todos. Quizá, como en el caso de Hitler, podríamos convencer a varios millones de nuestra verdad, pero nunca lograríamos convencer a todos. Ni por la fuerza y mucho menos por el entendimiento. ¿De qué nos serviría entonces poseerla?
Con lo anterior podemos darnos cuenta de que quizá no sea muy sabio, ni muy divertido, pretender poseer la verdad absoluta, dando por sentado que todos los demás están equivocados,  pues nos impide abrirnos hacia otras posibilidades de actuación y con ello, crecer. De nuestra capacidad para abrirnos a la perspectiva de otros depende nuestra evolución como seres humanos. Lo cual podemos lograr a través de la empatía que nos lleve al entendimiento y asimilación de las verdades de los otros. ¿No sería acaso mejor poseer varias verdades que una sola?
Muchos hemos escuchado el concepto de empatía, es decir, la capacidad que tenemos de poder conectar con la visión de otros respecto a sus creencias y acciones. Pero ¿realmente la practicamos? La mayor parte de las veces no lo hacemos. Y no lo hacemos porque nuestras creencias de lo “bueno y correcto” nos impiden ver desde la perspectiva de otros. Si de inicio pensamos que están equivocados ¿Qué nos motivaría a intentar siquiera ver las cosas como ellos las ven?
Por tanto, para poder asimilar la verdad de otros necesitamos de un ejercicio consciente de empatía que sólo puede llevarse a cabo a través del genuino interés  y compasión por otros, como en el caso de la Madre Teresa. Si al menos percibiéramos que nuestra visión de la vida es muy limitada, eso sería suficiente para ayudarnos a entender  la perspectiva de otros.
Quizá, visto desde otra perspectiva, una acción de otro que a simple vista nos parece intolerable, se convierte en una acción necesaria y viceversa, una actuación nuestra que consideramos correcta, deja de ser justificada si la apreciamos como otros la observan.
El genuino interés por otros aunado a la compasión, nos llevaría, por ejemplo, a ir más allá de las apariencias con las personas y poder entender el porqué de sus acciones sin juzgarlas a priori.
Mi invitación hoy es a que, antes de juzgar y descalificar a alguien por sus acciones, trates de comunicarte con él o ella y trates de entender cuál es su motivación para hacerlo.
 
 
Ver la vida como la ven otros quizá en algún momento nos abra a la verdadera compasión.

viernes, 8 de marzo de 2013

Amor vs. Miedo

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma” 
      Aldous Huxley 
 
Una visita al Museo de Memoria y Tolerancia, me puso a reflexionar sobre los motivos que nos impulsan a actuar. Sobre lo que nos lleva a tomar una decisión, defender un punto de vista, reaccionar de una manera determinada ante las circunstancias de la vida.
A veces pensamos que tenemos un sin número de razones para actuar. Al observar nuestro devenir histórico pensamos que actuamos movidos por odio, intolerancia, marginación, ignorancia, o movidos por la compasión, el respeto, la justicia.  Pero si analizamos todas nuestras decisiones, bajo la superficie solo encontraremos dos razones. De la que tú elijas dependerá tu manera de comportarte ante los demás y ante ti mismo.
Pongamos como ejemplo lo que observé en el Museo sobre los genocidios ocurridos durante el siglo XX y lo que va de éste. Para este ejercicio me gustaría que, de entrada, no juzgues a los perpetradores de esos genocidios.  Antes bien, te propongo que trates de ponerte en los zapatos de un habitante común y corriente de esos lugares, en el tiempo de las masacres. No importa si  eliges la Alemania Nazi,  Ruanda, Guatemala, Darfur, los Balcanes, etc. Piensa entonces ¿Cuál habría sido tu comportamiento de estar allí en el momento de los genocidios? Elige alguna de estas tres alternativas:
A) ¿Te hubieras unido a los genocidas en la matanza?
B) ¿Te quedarías al margen  pensando que no es tu problema?
C)  ¿Serías de los que trataron por todos los medios de ayudar a las víctimas a salvarse, aun a riesgo de perder su propia vida?
De entrada, parecería muy fácil, para la mayoría, culpar a los genocidas y condenarlos, lo haríamos sin contemplación alguna. Sin embargo, al ver lo expuesto en el museo, uno se pone a pensar en ¿Cuál fue la participación de la sociedad en general ante la situación? ¿Por qué no condenaron las acciones violentas al unísono y detuvieron la matanza? De entrada siempre se juzga a los líderes políticos como a Hitler. Pero ¿y la sociedad? Muy pocas veces se juzga a esos seres anónimos que estuvieron allí y cuáles fueron sus acciones. Por ello mi pregunta ¿Cuál de las tres sería tu postura?
La mayoría te apuesto a que diría que condena las masacres y defiende a las víctimas. Pero te tengo una gran sorpresa al respecto: En genocidios como el de la segunda guerra mundial, la mayoría de la población alemana adoptó alguna de las dos primeras opciones de respuesta que te mencioné, es decir que, o estuvieron a favor del genocidio e incluso participaron en él, o simplemente se hicieron de la vista gorda porque, no era su problema, al no ser judíos y, sólo un pequeño porcentaje, fueron los que se comprometieron con los grupos afectados para salvarles.
De tal forma que si tú o yo, participáramos ahora en una situación de lesa humanidad, solaparíamos la ideología de los perpetradores, o estaríamos abiertamente a su favor. ¿Lamentable no? Pero desafortunadamente real.
¿Qué nos impulsa a actuar de esa forma tan inhumana?    La respuesta es algo muy humano: El Miedo. Miedo a ser señalado por opinar diferente, a perder los bienes materiales o los privilegios sociales, miedo a perder a un ser querido, a ser rechazado por los otros o miedo a perder la propia vida.     
¿Qué impulsa a las personas que se encuentran en el tercer grupo a comprometerse con las victimas aún a riesgo de su propia vida? El Amor.
En realidad, si lo analizamos de forma simplificada, veremos que El Miedo y el Amor son las únicas dos opciones que nos impulsan a actuar. Durante la segunda guerra mundial el arma más empleada por Hitler y su ministro de propaganda fue el infundir miedo en la población general para que permaneciera al margen de sus matanzas e incluso los apoyara.
Elegir la primera implica dar paso a la desconfianza, a los juicios de valor, a las comparaciones y desde luego a las descalificaciones hacia los que no son o no piensan como uno, y cuando sentimos todo esto, nuestra reacción innata es atacar y matar, como ocurrió con los judíos en la Alemania Nazi.
Elegir la segunda, en cambio nos lleva a valorar a los otros, a confiar en ellos a sentir compasión por ellos, a poderles entender y apoyar, incluso en detrimento de nuestro propio bienestar.
Para no repetir nuestra historia genocida, debemos aprender a eliminar el miedo y practicar más el amor.  ¿Cómo se elimina el miedo? Es una pregunta muy compleja de responder, y a la vez muy sencilla: A través del Amor.
Pero el verdadero amor es algo que no conocemos comúnmente, pues nuestras creencias, carencias y falta de desarrollo como seres humanos nos lo impiden. De tal forma que no es fácil elegirlo como acción hasta en tanto no hemos crecido lo suficiente en nuestro interior como para ser capaces de experimentarlo. Amar significa conocimiento, aceptación y respeto por lo que somos y es una condición que debe surgir del interior antes de poderse manifestar en el exterior.  Por ello, el amor incondicional, que por cierto es la única forma de amar,  no se puede ofrecer a otros hasta que no se experimenta en uno mismo. Si uno no se ama a sí mismo, no puede amar a otros.
Mi invitación hoy es a que practiques el amor a ti mismo y que visites el Museo de Memoria y Tolerancia ubicado en Av. Juárez, dentro del conjunto formado por la Secretaría de Relaciones Exteriores y los tribunales familiares.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Paz Interior

“La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía” Mahatma Gandhi


Cuando logramos sincronizar nuestras creencias y acciones con las del universo, encontramos un estado difícil de describir, pero maravilloso de experimentar: Paz Interior.

Piensa en algún momento de tu vida donde te hayas sentido pleno, donde nada te hacía falta,  todo se encontraba bien y te encontrabas presente al cien por ciento. A ese momento de Felicidad absoluta es a lo que se refiere la paz interior. Y todos, al menos una vez en la vida, lo hemos experimentado, aunque tal vez no lo recordamos.

Hagamos un ejercicio de memoria: Quizá cuando éramos niños y nos encontrábamos sumergidos en el juego sin que nos importara lo que ocurría fuera del él. Quizá cuando conocimos al amor de nuestra vida y fuimos correspondidos, conociendo entonces, la oportunidad de sentir extasiados el amor incondicional. Quizá al nacer un hijo y sentir la pureza y el amor reflejados en su rostro. Quizá al observar un amanecer o un atardecer frente al mar y comprender la inmensidad del universo. En fin, cualquier otra experiencia que te haya brindado felicidad plena.

Ese estado, que en la mayoría de nuestros casos es un estado que sólo alcanzamos por momentos, tiene ciertas particularidades. Primero es un estado en el que todo nuestro ser participa, es decir, se siente en los tres niveles de existencia: físico, mental y espiritual.  Si sólo lo sentimos a nivel físico, es sólo gozo, si sólo lo sentimos a nivel mental, es sólo asombro, si solo lo sentimos a nivel espiritual, es sólo alegría, pero si lo experimentamos a todos los niveles se convierte en felicidad verdadera y ella en Paz Interior.

Otra de las particularidades de este estado es que sólo puede experimentarse en el presente: Aquí y ahora. Si lo experimentamos en el pasado y queremos evocarlo es sólo un recuerdo, si lo imaginamos para el futuro es sólo una ilusión, un deseo. Pero si nos encontramos completamente absortos, perdiendo toda noción del tiempo, entonces verdaderamente estamos presentes.         

Sabiendo ya las particularidades que tiene la paz interior. En este momento te pido que evoques tu momento de felicidad más pleno, que trates de recrearlo en tu mente, será sólo un recuerdo, pero la energía que te brindará me servirá para  preguntarte:

¿No te gustaría experimentar esa sensación de plenitud cada momento? Apuesto a que, como yo, respondiste que sí, sin pensarlo.

¿Entonces por qué no logramos ese estado siempre? Por una sencilla razón, porque no estamos ni completos, ni presentes en nuestras experiencias de vida. Siempre estamos viviendo en otro tiempo que no es el presente. Pensando en lo que deseamos hacer a futuro o en lo que nos pasó, pero no estamos presentes. Tampoco estamos conscientes, tal vez esta nuestro cuerpo, pero nuestra mente se encuentra muy lejos, o tal vez esta la mente, pero el cuerpo no reacciona; y al espíritu, en esta época  hasta se ve mal nombrarlo, pues lo tenemos completamente olvidado.

Para vivir plenamente y mantener nuestra paz interior en todo momento, se requiere, entonces, que estemos conscientes, presentes y responsables de todo lo que creamos en nuestra vida. Quizá puedas entender mejor de lo que se trata si te cuento un relato zen: Un discípulo le pregunta al maestro:

̶ Maestro ¿Cómo se lleva la iluminación a la acción? ¿Cómo se practica en la vida cotidiana?

̶ Comiendo y durmiendo –responde el maestro.

̶ Pero Maestro, todo el mundo come y duerme.

̶ Pero no todos comen cuando comen, ni todos duermen cuando duermen.

Piensa en esos momentos de felicidad que evocamos y descubrirás que en ellos te encontrabas totalmente presente y consciente. Y Ahora trata de reproducir esa presencia en cada uno de los momentos de tu día. Para ello te puedes auxiliar de la meditación, pues ella te permitirá encontrar tu presencia consciente.

En tanto no logremos sincronizar todo nuestro ser,  mantenernos presentes cada momento y ver por el bienestar de todo el universo en lugar de ver sólo por nuestro bienestar personal,  no lograremos la paz. Seguiremos vagando por esta Tierra sintiéndonos tristes, deprimidos, insatisfechos, desorientados, incomprendidos, temerosos, solos, enojados, etc. Pues todos nuestros malestares se derivan de esa falta de presencia, como lo hemos experimentado.
No en balde Jesús nos brindó su paz, al decir: “Mi paz os dejo, la paz os doy”. Pues sabía que no seríamos capaces de obtenerla por nuestros medios propios a menos que entendiéramos lo que representaba en su totalidad. Te invito a conseguir tu Paz Interior al hacerte consciente.

sábado, 19 de enero de 2013

Cocreando nuestra realidad


Mediante la implementación de la práctica de amor y compasión, naturalmente viviremos una vida no violenta de amor y de compasión. Ayudar a los demás y no dañarlos son trabajos de la no violencia. Tenemos que desarrollar amor, compasión y perdón para desarrollar paz interior y naturalmente  esa paz dará lugar a conductas no violentas...   Dalai Lama
 

En nuestra entrada anterior hablábamos de vislumbrar el destino común. Si podemos imaginar ese destino y sentirlo de corazón, podremos entonces modificar nuestros patrones de pensamiento y acción para mejorar la realidad que vemos todos los días.
Unas preguntas para reflexionar: ¿Te gusta lo que ves en tu realidad? ¿Te gusta lo que ves cuando sales a la calle? Quienes habitamos las grandes urbes vemos a diario gente indigente buscándose la vida en los semáforos y las calles; autómatas con rostro de tristeza, hastío, decepción por todos lados; desesperanza, enojo, individualismo. Si esa realidad que hemos creado no nos gusta, no se necesita mucho para ir cambiando nuestro entorno, pues todos somos cocreadores de la realidad que observamos.
A veces pensamos que el cambio  debe iniciarse en los sistemas y las masas. Es decir que, los que tienen que cambiar primero, son nuestros políticos y la gente de poder, para luego cambiar todos los demás. Desde luego ellos, como  todos los demás, tienen que hacerlo. Pero estoy convencido, de que el cambio sólo se generará en ellos cuando se genere a nivel individual. Es decir, que el cambio debe empezar por uno mismo.
¿Quién entonces puede empezar el cambio? Puede iniciarlo cualquiera que desee que las cosas cambien: Yo, tú, quien no se sienta satisfecho en esa realidad que hemos creado. Si has escuchado sobre la teoría del centésimo mono, entenderás lo que te digo; si no, simplemente con que sepas que tu comportamiento puede ser emulado por las personas de tu entorno y contagiado a otras, es suficiente para entender que si alguien empieza puede desarrollar una reacción en cadena que haga que los sistemas se modifiquen a nivel global.
Así que, si deseamos cambiar las estructuras y sistemas, deberemos  modificar nuestro comportamiento habitual y enseñar a otros a modificarlo, tarea que sólo puede partir desde el interior, no por decreto, ni por violencia o manipulación, sino por convencimiento personal. Y así, al cambiar nuestro pensamiento y nuestras creencias individuales, en un efecto de contagio, nuestras creencias colectivas cambiarán.
Lo primero que debemos comprender es que todos pertenecemos al mismo universo y, como parte de él, todos interactuamos y nos afectamos  mutuamente. Cuando entendemos que si dañas a otro te dañas a ti mismo, que si ayudas a otro, nos ayudamos todos. Entonces, podemos iniciar el cambio, así de simple, aunque quizá no sea tan fácil darnos cuenta.
En el día a día tenemos muchos ejemplos de lo que podemos hacer para ir cambiando nuestro entorno poco a poco.
 Cambia, por ejemplo cuando ayudamos a otro a levantarse después de una caída, asistimos  a un invidente a cruzar la calle; sedemos el paso a alguien al cruzar una puerta, una calle, un semáforo; recogemos la basura tirada en una acera; sonreímos a alguien al pasar. En fin, cuando ayudamos a otros, porque nuestra acción no sólo beneficia a quien ayudamos, nos beneficia doblemente a nosotros. Primero porque nos hace sentir mejor y segundo porque, sirve de ejemplo para  inspirar a otros y hacerlos reflexionar sobre su propia conducta.
¡Qué distinto sería el mundo si cada uno de nosotros tomara su responsabilidad de hacer un mundo mejor para sí mismo y para todos!
Para hacernos el habito de estas pequeñas acciones que nos hacen más fácil la vida, te recomiendo que la próxima vez que vayas a hacer cualquier cosa, antes de actuar reflexiones en lo que sentirías tú, si lo que vas a hacer fuera dirigido a ti. Porque está garantizado que si lo lanzas al universo, el universo te lo devolverá en algún momento. Si lo que lanzas al universo es positivo, lo que recibirás será igual, pero si lo que lanzas es negativo, lo sufrirás tanto o más que aquellos sobre quienes lo lanzaste.
Piensa por ejemplo, antes de burlarte de un compañero por lo que tú consideras sus defectos, ¿cómo te sentirías si alguien dirigiera esa burla contra ti?
Y si quieres insultar o dañar a  alguien piensa ¿Qué sentirías si el insulto o daño fuera dirigido a ti y lo escucharas en boca de la persona que más ames?
Si lo que necesitamos en este mundo es belleza, amor, compasión y paz para ser felices, lancemos eso con cada una de nuestras acciones al universo para ver transformado nuestro entorno.
Esa es  la única forma en que podremos modificar al mundo, no lo lograremos con guerras, descalificaciones, odio, temor o violencia. Sólo con la voluntad de hacer las cosas tal  y como nos gustaría experimentarlas para nuestro mayor bien y felicidad.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Nuestro Destino Común


 
“Casi todas las cosas buenas que suceden en el mundo, nacen de una actitud de aprecio por lo demás” Dalai Lama
Estamos a punto de que finalice un año particularmente importante para la humanidad. Las condiciones de vida que hemos creado a nivel mundial, parecieran coincidir con el simbolismo que, culturas milenarias, le han dado a este año y particularmente a lo que de él resta por vivir.

Hemos creado tanta desigualdad, tanta degradación, tanto deterioro en el planeta que habitamos, que nos encontramos ante el punto coyuntural del cual dependerá nuestro futuro. Si es que, claro,  nos decidimos por afrontar nuestra responsabilidad y hacer lo que toca, en lugar de de actuar incontroladamente, como hasta ahora.

Pues en tanto sigamos alimentando el odio, la intolerancia, el despilfarro y  la desigualdad. Nos encaminaremos  a mayor destrucción y malestar. Lo cual, y bajo las condiciones que hemos creado, significaría encaminarnos a pasos agigantados al exterminio de la vida en el planeta.

Pero si por casualidad o por entendimiento, aprendemos a ver el reflejo de nuestras acciones y entendemos la forma de cómo convivir armónicamente con todos y todo, entonces, aun  tendremos esperanza.

Los problemas que tenemos como humanidad parten de sentir que estamos llenos de “diferencias” que nos impiden ver nuestras semejanzas, de ignorar y soslayar nuestro destino común. Un destino, que es visible a cada paso que damos.

Regularmente pensamos que hay buenos y malos, mejores o peores, correctos e incorrectos dentro de nuestro propio grupo humano. Pero alguna vez te has detenido a pensar si ¿son reales esas diferencias? ¿Si tienen razón de ser o son puros inventos que nos hemos creado?

¿A caso un musulmán no sangra si lo hieres, igual que lo hace un cristiano o un judío? ¿A caso uno de raza blanca no respira igual que lo hace uno de raza negra, amarilla o piel roja? ¿A caso un rico no necesita beber agua igual que la necesita un pobre?

La verdad es que tales diferencias creadas por el hombre no son reales. Pues ¿A caso no es verdad que el aire que todos respiramos es el mismo y que si uno sólo de nosotros lo contamina, contamina el aire de todos? Porque el aire no respeta nuestras fronteras y muros impuestos, tampoco respeta las clases sociales o las diferencias de género, raza, religión. Así que si uno sólo lo contamina, nos afectamos todos, sin distinción.

Este tiempo nos brinda, como nunca antes, la posibilidad de darnos cuenta de nuestro destino común, y entenderlo a cabalidad. Pues la globalidad que ahora disfrutamos, nos permite ver la conexión existente entre todos. E implica, ver que, por más que nos esforcemos en marcar las diferencias y distinciones, lo que nos constituye en realidad es lo mismo. No importando nuestro color, nacionalidad, condición social, todos estamos constituidos de la misma materia y todos habitamos el mismo planeta y si no cuidamos de nuestra casa, la perderemos todos, no sólo los que contaminan o dañan.

Hoy podemos darnos cuenta, más que antes, de nuestra interdependencia y de la necesidad de acciones conjuntas para el bienestar de todos.  Ahora que la globalidad nos ha acercado como nunca, es para todos más visible esa interdependencia. Pues, por ejemplo, si hay crisis económica en un país, todas las economías del mundo se afectan, independientemente de nuestras fronteras, idiomas, religiones o colores, o si hay un derrame de petróleo en algún lugar, afecta la flora y fauna de todo el planeta, no sólo la del país que lo derramó.

¿Qué esperamos entonces para darnos cuenta de nuestra responsabilidad para con uno mismo y con los demás? ¿Qué esperamos para entender que todos nos necesitamos y todos nos afectamos?

Antes podíamos vernos separados y no pensar en las consecuencias de nuestras acciones a nivel planetario, hoy ya no es posible.  Pues de inmediato nos enteramos de los efectos de nuestras acciones a nivel global y sabemos que si dañamos tan sólo una parte de nuestro planeta, todo el sistema se afecta. Antes podríamos pensar en regionalismos o nacionalismos,  pero ahora sabemos que no es así.

 Hoy podemos darnos cuenta de que la naturaleza nos da a todos por igual e igualmente todos recibimos los frutos de lo que sembramos, independientemente del grupo humano al que pertenezcamos. Es la forma que tiene el universo de asegurarse que todos veamos por todos y hagamos solo cosas que beneficien a todos, sin distinción.

Si logramos entender que todos dependemos de todos, esto nos prevendrá de hacer daño a otros y eso nos llevará a elegir conscientemente hacer el bien a todos.

Parece que el universo nos pregunta ¿Cuánto te amas tú como para amar y respetar a los demás? De nuestra respuesta depende nuestro destino.

martes, 30 de octubre de 2012

En el umbral de la Vida

“Al final del camino de la vida, no te preguntarán "que tienes", sino "quien eres" ¿Cuál será tu respuesta?”.          Rene Juan Trosero


Se dice que los mexicanos jugamos con la muerte en lugar de temerle. Más exacto sería, tal vez, decir que los antiguos mexicanos la veían como inseparable compañera de la vida. Sin embargo, los mexicanos de hoy, igual que  otros pueblos, han dejado su concepción ancestral para ceder el paso a la concepción occidental, en la cual la muerte no se nombra y se ignora su presencia para conjurar su llegada.
Tal vez lo que más nos asusta, a los occidentales, de la muerte, no es su existencia en sí, sino el no haber sabido aprovechar la vida y darnos cuenta de ello demasiado tarde.
En la actualidad es muy común permanecer adormilados todo el tiempo. Nos sumergimos en un sinfín de actividades compulsivamente y nos dejamos absorber por ellas durante gran parte de nuestra vida, o simplemente, nos alienamos frente al televisor mirando la vida de otros en lugar de vivir la nuestra.
La prisa, las actividades y el miedo, nos impiden recordar que nuestra vida es breve y que un día ya no estaremos.
Sumergidos en ese movimiento constante, permanecemos día tras día sin preguntarnos por el sentido de nuestra existencia. Hasta que, en un momento dado, la vida nos sacude y nos enfrenta a la realidad de nuestra impermanencia.
Puede ser en cualquier momento y cualquier circunstancia, pero generalmente, es un acontecimiento que rompe nuestra rutina abruptamente el que abre la puerta a las interrogantes incómodas.  Tal vez  un accidente, la enfermedad o muerte de un ser querido o simplemente un momento de luz en el que percibimos que la vida se acaba sin previo aviso y no hemos disfrutado de ella ni sabemos cuál es la finalidad de nuestra existencia en ella.

Es entonces cuando surgen las preguntas trascendentes: ¿Qué sentido tiene estar vivos? ¿Cuál es nuestra misión en el mundo? ¿Qué es lo que realmente es importante en nuestra vida?
Para la mayoría de nosotros, el día transcurre entre el trabajo, la convivencia con la familia y amigos y el descanso. Así que podríamos afirmar que esas tres son las cosas más importantes para el ser humano, pero analicemos más de cerca esa rutina.
Todos podríamos estar de acuerdo en que las relaciones familiares y de amistad son de las cosas más importantes para la mayoría, quizá hasta podríamos decir que son lo más importante en la vida ¿cierto? Pero ¿Cuánto tiempo pasamos realmente con la gente que amamos? Regularmente trabajamos durante la mayor cantidad de horas al día y sólo llegamos a casa prácticamente para dormir, tan cansados y hartos de la rutina, que lo único que hacemos es ponernos frente al televisor, la computadora o el teléfono celular, dejando de lado la convivencia  con las personas que tanto nos importan. ¿Incongruente no?
Sí las relaciones no son lo más importante, analicemos que ocurre con  aquello a lo que dedicamos más tiempo: Nuestro trabajo ¿cierto? Bueno, pues si nos atenemos a encuestas mundiales sobre satisfacción en el trabajo, encontramos que un alto porcentaje, alrededor del 40% de los trabajadores en todo el mundo, no encuentran satisfacción en su trabajo y sin embargo, gastan la mayor parte de su vida en ello, principalmente porque requieren de su salario para cubrir sus necesidades básicas y las de su familia.
Entonces ¿qué es lo realmente trascendente en nuestra vida? Pues pareciera, al final, que en la actualidad muchas personas viven una vida marcadas de incongruencias e insatisfacciones, haciendo lo urgente para sobrevivir, pero no lo importante. ¿Tiene sentido eso? Desde luego que No. Quizá no haya una respuesta “correcta” para  todos, sin embargo, lo importante es que no nos vayamos de esta vida sin encontrar esa respuesta.
¿Cómo encontrar ese sentido ulterior de la vida? ¿Cómo encontrar esa satisfacción en lo que hacemos? Tratando de responder a esto, desde mi punto de vista personal, recomiendo hacer tres cosas: Primero, mantener siempre estas interrogantes en el umbral de nuestra conciencia, no permitiendo que la rutina nos absorba y nos adormezca. Segundo buscar hacer aquello que realmente nos gusta, no permitiendo que las urgencias de la vida cotidiana nos hagan conformarnos con empleos que no disfrutamos sólo por un salario y por último ordenar realmente nuestras prioridades, haciendo el ejercicio de conocer y reconocer lo que realmente disfrutamos hacer y las personas con quienes disfrutamos estar.
Valdría la pena preguntarse, como Steve Jobs, en su célebre discurso en Stanford : “Sí hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy? Y si la respuesta era “No” durante demasiados días seguidos, se que necesito un cambio”.
¿Qué pasaría si estuviéramos equivocados y desperdiciáramos la oportunidad de ser felices por preocuparnos de cosas materiales y triviales?